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Posted by : Albeertho Riivera domingo, 3 de noviembre de 2013




-FIRMES… ¡YA!
El toque de Diana acaba de sonar y ya estábamos formados en el pabellón de la entrada, en mi servicio militar yo pertenecía al 4to batallón del 6to regimiento de Infantería, los Sargentos encargados de nuestro adiestramiento en las artes militares eran el Sargento segundo Sánchez, líder de la tropa y sus ayudantes Sargento segundo Hernández y Sargento segundo Asa.
Como ya lo he dicho, era yo un rebelde sin causa, pero a la vez, la disciplina militar se me da de maravilla, en resumen sabía manejar las situaciones a mi antojo, marchamos al pabellón de los honores, y después de la ceremonia, seguía ir al comedor para tomar el desayuno, que siempre consistía en huevos mal cocinados, café desabrido, pan duro y rebanadas de sandía, cuando iba bien un yogurt.
Después del comedor seguía la parte de adiestramiento, marcha, defensa personal, manejo de armas, rutina de ejercicio y civismo, pero como siempre después del comedor me gustaba molestar al Sargento Sánchez, sólo para impresionar a mis compañeros, que sólo se quejaban del mal trato del ejército, se ofendían incluso de que les hablaran con malas palabras, a mí eso me divierte e incluso me gusta, estaba a gusto con la vida militar.
Cuando tocaba civismo, nos sentábamos a campo abierto bajo la sombra de algún árbol o algún búnker en el extenso campo militar, civismo tocaba después de la sección de ejercicios, pero era una clase teórica, nos dividían en grupos y yo prefería el grupo del sargento Asa porque, él, en vez de dictar nos contaba anécdotas y experiencias, de ahí mi apodo como Asita, por mi gran parecido con el sargento Asa.
Como solía hacerlo muchas veces, empecé a molestar al Sargento Sánchez, un tipo más bien delgado y fibrado de nalgas duras, piel blanca y con esa característica, al igual que yo de pronunciar la “s”, “z” y la “c” al estilo español (es algo involuntario).
En la sección de ejercicios, me rehusé a hacer lagartijas, desafiando a Sánchez:
-¿Por qué no las hace usted mi sargento?, verá que no es lo mismo hacerlas que observar.
Todo el batallón se empezó a burlar.
-¡VEGA!, ¿¡TE CREES MUY VALIENTE EH!?, ¡TE VOY A DEMOSTRAR QUE YO SI TENGO CONDICIÓN!
Misión cumplida, la clase de civismo se quedaría sin el Sargento Sánchez, al menos por unas 2 horas, que tal como suponía, era lo que se iba a tardar, su castigo, siempre predecible era darle una vuelta al campo militar, a base de trote, lo que tomaba dos horas o más dependiendo de la condición física, pero él iba junto a ti, para checar que trotaras.


Comenzamos el trote, pasando por las albercas, las caballerizas, el campo de futbol…
Algo en mi gaydar me decía que al sargento Sánchez le gustaba el sexo gay así que decidí jugármela, para sacarlo del juego y tenerlo de mi lado, así que cuando llegamos al Pueblito (un complejo de construcciones que simulaba un pueblo y servía para simulacros de desastres naturales), me detuve en seco.
-Sargento Sánchez, me revienta la vejiga, pido permiso para orinar.
Vi la cara de molestia, en su rostro pero me importó poco.
-un minuto y nada más- me dijo mientras yo asentía y me iba corriendo a un lado de la escuela.
-¿Te apenas de tu verga que te vas a esconder o que pasa Vega?- me retó Sánchez
-No me apena, pero lo creí prudente Sargento- le grité mientras me bajaba la bragueta.
Sánchez caminó hacia donde me encontraba y se sacó su verga, para orinar también no hay mucho que decir, ya que era muy delgaducha y pequeña, cosa que comprobé en un vistazo, sólo para comprobar que el no dejaba de mirar mi verga.
-¿Le gusta lo que ve sargento?- le dije mientras le presionaba esas nalgas tan duras.
Pude haber recibido un golpe, pero a cambio me respondió:
-He visto mejores
-Es porque no está erecta- le dije mirándolo a los ojos -¿Acaso quiere probarla sargento?
Le dije mientras la sacudía con mi mano izquierda y con la derecha le daba unos ricos apretones de nalgas,
-Estás jugando con fuego Vega
-Usted también mi Sargento
Me jaló a la iglesia del “pueblito”, y ya una vez dentro, nos pusimos detrás de un montículo de piedras que estaba dentro.
-Vamos a ver de qué estás hecho, ¿Te gusta jugar no?
-Me encanta- le respondí me saqué la verga aún flácida y lo tomé de la cabeza obligándolo a bajar, el tacto con su gorra y su uniforme, me hacían el  momento aún más excitante, tener sobajado a un militar a tus caprichos, vaya que es algo en realidad excitante.
-Baja perrita, sé que te gusta tragar verga – le dije aunque en el fondo sabía que fácilmente podría reportarme y castigarme.
Fue bajando lentamente y se metió mi verga a la boca, succionándola con fuerza, escuchaba sus arcadas y veía como le salían lágrimas de los ojos cuando le iba creciendo mi verga en su boca, de cuando en cuando me lamía los huevos con mucha fuerza, pero de manera deliciosa.
Duraría unos minutos en la faena, cuando lo obligué a ponerse de pie y le di un beso como sólo los machos sabemos hacerlo, introduciendo mi lengua, follándole la boca y pasándole mi saliva, mientras le iba despojando del pantalón, para dejarlo en calzones.
Una vez con el pantalón abajo, le bajé los calzones y empecé a dilatarle su culito con mis dedos, a veces uno, a veces dos, a veces tres, alternando con ellos mientras le daba mordidas en los pezones y lo escuchaba gemir como loco.
Me recosté en el piso de tierra y lo monté encima.
-Todo tuyo perra, entrégate al placer y ya veremos si has visto mejores.
Vaya que el pendejo sabía cómo moverse, y ensartarse hasta el fondo sin ningún problema, subía y bajaba sudando como un cerdo, y estando así ensartado me incorporé haciendo que subiera sus pies a mis hombros, dándole una cogida con ganas para que supiera que conmigo no se juega, a fin de cuentas ya lo tenía en mi poder.
Y así estuvimos por más de una hora en una posición y en otra, a veces paraba para evitar venirme, pero lo estuve cogiendo de a perrito dándole nalgadas, a veces totalmente boca abajo y como me fueran ocurriendo.
Al final me quité el condón y me vine en su pecho dándome una tremenda masturbada, incluso le salpiqué un poco la cara, se puso sus pantalones y volvimos tranquilamente. A final de cuentas no hacía falta disimular, estábamos completamente sudados para cuando nos vieran los demás,
En el camino me dio su número de teléfono y me dijo que le marcara más tarde para registrar el mío y avisarme para repetir, me dejó en claro que por favor no fuera imprudente con el tema.
No le prometí nada, hubo otra cogida, pero eso lo contaré la próxima vez.

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