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Posted by : Albeertho Riivera domingo, 3 de noviembre de 2013




Sábado por la mañana, y otra vez a levantarse al servicio militar, era una costumbre a la que de plano no me podía acostumbrar, es decir, me gustaba el ejercicio, me daba gracia como muchos cabrones se ofendían por la manera de hablar de los militares, me gustaba la disciplina, pero esa pinche levantada como castraba.
Había un cabrón en el pueblo donde vivía que muchas veces me topaba en el camino los sábados, aunque ni siquiera le dirigía la palabra, yo lo conocía como el tuerto, cabe destacar que su cuerpo estaba como para chupárselo completito muy buenos músculos sin ser exagerados, se veía duro y apetecible y por lo que suponía cargaría buena herramienta, pero lo que más me llamaba la atención era ese culito respingón que se cargaba y muy muy duro por lo que se veía.

El problema radicaba específicamente en su cara, a sus, supongo 40 y tantos no estaba casado y vivía en casa de una hermana, el tipo era tuerto (no era que tuviera la cuenca del ojo vacío si no que el ojo derecho lo tiene blanco), la cara de tipo malo, que si te le acercas te mete un buen putazo.
Pero yo sabía, lo que era, y si, era puto igual que yo, lo sé porque muchas veces lo llegué a ver en las zonas de cruising, aunque él ni se daba por enterado, supongo que prefería hacer que no me veía para que no dijera nada en el pueblo (como si a mí me interesara divulgar su vida privada).
Y fue en una de esas mañanas en que yo iba al servicio militar que me lo topé en mi camino como otros sábados, pero ese día me dirigió la palabra con un escueto:
-Buenos días.
Y yo que de plano son un pinche volcán ardiendo, me dije:
-Este pinche buenazo no se me va vivo.
Entonces ya en voz alta le dije:
-¿Hace frío no?
Él contestó que sí mientras lo sentía cada vez más pegado a mí, cabe destacar que nosotros caminábamos por un descampado de aproximadamente unos 10 minutos de caminata para llegar a la parada del autobús, así que me según intentaba sacarme plática, yo con esa experiencia en el cruising y demás menesteres sexuales en medio de alguna cosa que ni siquiera recuerdo que era le interrumpí.
-¿Tú quieres coger no?- le dije al tiempo que le daba un buen apretón en la verga.
Ni siquiera contestó, supongo que lo dejé un poco perplejo por ser tan apresurado, pero si no lo hacía así llegaríamos a la parada sin haber conseguido nada.


En ese descampado si había alguna que otra casa pero muy esparcidas y la mayoría en obra negra, la hora a la que íbamos ni de lejos había luz de sol, así que lo jalé y lo desvié del camino hacia atrás de una de esas casas, con un rápido movimiento le volvía a sobar la verga y ¡que herramienta!, larga, gruesa, circuncidada, velluda, con unos huevos compresos (por el frío supongo) , la saqué y el tufo a macho inundó mis fosas nasales.
Tampoco perdió el tiempo, me aventó sobre la pared (¡Salvajes como me gustan!), frente a él y me quería besar, pero con un movimiento rápido me hice a un lado para que fuera al cuello, esa cara tan fea no estaba como para besarse, me apretaba las nalgas por encima del  jean pero, yo quería más, así que mientras él se entretenía besándome el cuello, yo le masturbaba de manera frenética con una mano y con la otra me desabrochaba el cinturón y me bajaba el pantalón para que pudiera tocar mis nalgas con mayor facilidad.
-¿Traes condón?
Le pregunté, porque, en aquellos tiempos no estaban tan marcados los roles, simple y sencillamente te dabas cuenta cuando te tocaba ser activo o pasivo y en este caso sabía que ese tremendo y feo macho me quería destrozar el culo.
-No tengo me dijo.
Asentí con la cabeza, yo tampoco traía, así de pie como estábamos lo atraje a mí presionando esas nalgas impresionantemente duras, haciendo que su verga rozara por debajo de mis huevos y la raja de mi culo, el tamaño de su verga incluso le permitía, llegar hasta atrás y así en esa posición, cerré mis piernas, prensándole la herramienta y dándole una de las mejores sesiones de intercrural que seguramente le habían dado (sus gemidos no dejaban duda alguna).
Había que darse prisa, ya que mi autobús se iría, así que después de unos minutos mientras yo lo pegaba a mí jalándolo de las nalgas mientras él me apretaba las mías y con mis piernas le presionaba su enorme verga mientras yo le mordía el cuello y el gemía desesperado le solté de repente.
-Chaquetéatela- le dije.
Me quité mientras él se hacía su trabajo manual, en lo que yo me colocaba mi pantalón rápidamente, podía escuchar sus gemidos casi de animal, y vi como unos 4 o 5 espesos trallazos de leche fueron a la pared de tabique detrás de nosotros.
-Nos vemos luego- le dije mientras trotaba a paso veloz para llegar al autobús.
Todo ese día me la pasé pensando en el tuerto, así que ni siquiera las intensas jornadas de ejercicio me hacían sacármelo de la cabeza, más que nada el tamaño de su herramienta y ese olor a macho que emanaba todo él.

Al regresar a mi casa venía también en el mismo autobús, el subió después y entonces (como yo
venía hasta atrás) no se salvó de una buena chaqueta, si alguien lo ha hecho en un autobús debe saber la tensión de estar checando al chofer por el retrovisor, de controlar la mano, y mover sólo la muñeca (no el brazo), para trabajar esa enorme verga mientras él se despatarraba en su asiento para dar más salida a su verga y disfrutar el trabajo manual al que le puse tanto empeño, no pudo controlarse y se vino en mi mano, otra vez esa leche espesa y olorosa, lo vi directamente al ojo, para que me observara y me la comí, lamiéndola directamente de la mano.
Bajé primero para ir a mi casa y él se quedó ahí, no podía evitarlo, dos veces en el mismo día y nada más no podía disfrutar al máximo de ese tremendo animal que cargaba entre las piernas, llegué a casa y fumé como un desesperado, incluso estuve bebiendo tequila pero la calentura no bajaba, se puede decir que incluso aumentó con la soledad de mi hogar.
No podía más, tuve que salir a despejarme y salí a la placita del pueblo y tomar un poco de aire, y ahí estaba él, sentado en una de las bancas, no lo pensé ni siquiera un poco, me acerqué y me senté ahí a su lado, fui discreto eso, sí, todo lo dije en voz baja pero aparentando naturalidad:
-Te espero en mi casa, voy a dejar las luces apagadas y la puerta abierta, trata de que no te vean.
Me paré y me fui pensando en la pendejada que había hecho, ¿Qué tal si me robaba?, ¿Qué me matara ahí mismo?, pero ya estaba hecho, llegó y nos dejamos de preámbulos, pasamos a la habitación y ni siquiera usamos la cama, en la alfombra nos fue suficiente, nos desnudamos a totalidad, sintiendo el rozar de la carne  (dejé la luz apagada para no verle la cara), no lo dejé si quiera que me dilatara, pasamos directo a la acción me puse boca arriba y lo atraje a mí con ese par de nalgas tan duras que tiene.
Apunte su verga a mi culo y sin esperar más lo apreté contra mí entrelazando mis piernas alrededor de su cintura, él se movía como poseído dándole velocidad a la penetración y yo gemía de dolor y placer (como me gusta), para después empezar a rasguñar su espalda obligándolo a hacérmelo más salvaje, su verga entraba y salía entera provocándome oleadas de placer, y así entrelazando mis piernas lo tumbé boca arriba y me monté.
Subía y bajaba cabalgando esa verga en toda la extensión, para estimular mi próstata como sólo yo lo sé, arriba, abajo, a un lado y al otro, mientras él gemía como animal y nuestros sudores se mezclaban,  ya cuando me hube cansado de esa me puse de espaldas a la pared (de pie) y entonces sí que me dio la cogida de mi vida, entre nalgadas, mordidas y ese ritmo frenético de entrar y salir, no pudo evitar dar un grito cuando se vino de manera abundante y yo sentía su verga palpitando de mi culo, la saqué de prisa y entonces ambos jadeando caímos rendidos en la alfombra, yo no me había venido.
Ahora me tocaba a mí, pero eso ya no viene en este relato. ;)

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