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Posted by : Albeertho Riivera jueves, 15 de agosto de 2013


“La primera vez que me engañes, será culpa tuya; la segunda vez, la culpa será mía.” Proverbio


La relación con mi mamá siempre había sido muy buena, debo decir que corrí con suerte. No sólo era mi confidente, si no también era mi mejor amiga. Tal vez era por su educación en psicología, por su actitud e ideas poco conservadoras, o por el mucho tiempo que pasamos juntos. Sí, soy hijo único, nací cuando mi madre acababa de graduarse de la universidad, a sus 25 años. Mi padre tenía 28. Por el difícil parto que tuvo decidió operarse para no tener más hijos. Por la sociedad machista se convirtió en ama de casa.

En mis memorias de infancia no hay muchos recuerdos de mi padre, él siempre está viajando. Trabaja en pozos petroleros, debe pasar varios en campo y unos pocos visitándonos. Como todo hombre mi padre es muy caliente, cada vez que llegaba a casa pasaba mucho tiempo encerrado con mamá en su cuarto, y salía siempre vistiendo sólo un pantalón corto, a veces sólo sus calzoncillos. Recuerdo la imagen de mi padre en un día caluroso, su pecho cubierto de vello, sus fuertes brazos, su insípida barriga y sus calzoncillos: Yo estaba en la sala jugando Play Station, él bajó y cruzó hacia la cocina, su bulto era enorme (la debía tener morcillona), y los pelos, ¡Oh! se le salían por todos lados! A mí no me determinó, pero yo no me perdí detalle de esa escena, su cuerpo, su sudor. Como un imán atrayendo mis ojos y una sensación extraña recorría mi cuerpo. Él volvió al cuarto con mi madre y yo me quedé ahí, como de piedra, un escalofrío me recorrió y luego, el miedo… años después acepté que era gay.

No es fácil ser gay en un pueblo: todo el mundo se conoce, la mayoría de gente es muy conservadora, los domingos de misa y las condenas a la homosexualidad por parte del catequista. Nunca hablé con nadie de lo que sentía, procuraba comportarme como un machito, que nadie pensara mal de mí, —esto se me va a pasar— me repetía mentalmente. Pero no, mis varios intentos de noviazgo, los besitos y las caricias a mis compañeras de colegio, nunca superaron la excitación que me producía ver a mi vecino lavando el carro en pantaloneta, o a Don Miguel, el mecánico, que siempre andaba con la camisa abierta. Fue un alivio cuando llegó el internet a mi pueblo, de repente ya no me sentía tan solo, puede que en aquel pueblo fuera el único diferente, pero en la Capital había muchos como yo. Los ensayos, los artículos, las noticias, los chats y en fin, toda la información que leí me dio el valor para “salir del closet”, bueno, al menos sólo con mamá.

A pocos meses de graduarme de bachillerato, pasaba la primera tarde de mis vacaciones charlando con mi mamá en la terraza. Me armé de valor y dije: —Mamá, tengo algo serio que decirte…

Agaché la cabeza, y solté lo más rápido que pude: —Soy gay—…

—¿Eso era todo?, por un momento pensé que me ibas a contar algo peor, estas más pálido que Morticia… Hijo, soy tu madre, supongo que lo sospechaba un poco,… nada cambia entre nosotros… ven dame un abrazo—.

Los días pasaron, y las charlas con mamá se hicieron mucho más sinceras, ella quería saberlo todo acerca de mi sexualidad: ¿Qué cómo lo sabía?, ¿Qué si ya tenía experiencia?, ¿Novio?, ¿Qué sentía al ver a otro hombre?, ¿Qué hombres del pueblo me gustaban?, ¿Sí me masturbaba pensando en ellos?... Sí, ya les dije, mi mamá es muy liberal al respecto.

Después de tanto interrogatorio noté a mi mamá bastante pensativa, algo triste. Le había confesado que nunca había estado con otro hombre, que no conocía otro homosexual en el pueblo, salvo por unos de mala fama que trabajan por el centro. También le había confesado que mi mayor deseo en ese momento era chuparle el rabo a otro hombre, era mi fantasía, tanto que lo había intentado conmigo mismo, pero no soy tan flexible…

—Hijo, ya eres un hombre, tus hormonas te deben estar volviendo loco. Muchos padres llevan a sus hijos donde las putas, yo debería hacerlo mismo contigo… (Un largo silencio)… ¡Pero no!, no quiero que te metas con esos tipos del centro!, no quiero ni imaginar que enfermedades tengan, ¡No!, si quieres chupar una polla, yo te voy a ayudar, ya veré qué hacer.

Sí, no son las palabras que esperas escuchar de tu mamá, pero es innegable que la emoción me embargo desde ese momento, no sabía que esperar, pero lo que pasaría después era más grande de lo que podía imaginar. No se me ocurrió que mi papá estaría incluido en el plan de mamá.

Días después mi mamá me llamó a su cuarto, cerró la puerta, estaba muy ansiosa, me asusté un poco. Me senté frente a ella y me dijo que ya había hallado la solución al problema, y que íbamos a matar dos pájaros de un solo tiro. Mi papá es muy caliente, ya pasó de los cuarenta, pero energía no le falta, ni tampoco autoestima, le encanta hacer deporte, y es algo que en su trabajo en campo puede hacer todos los días, bueno, no es un adonis, pero sus brazos fuertes, su espalda ancha y su porte de macho vuelven loca a más de una(o). A pesar de esto hay algo que mamá no soporta en la cama: ¡Odia el sexo oral!, le produce asco el pensarlo, muchas veces ha cedido, pero siempre vomita cuando está sola en el baño. Es algo que a mi papá frustra, pues el ama las mamadas, y después de quince días de no ver a su mujer, lo único que quiere es sentir sus labios en su polla, antes de clavarla un buen rato…

—¡Dale!, tu papá no se va a dar cuenta. Todos ganamos… él viene este fin de semana, ¿lo intentamos?... Si no quieres, no lo hacemos

¡Una verga, una rica verga… pero es incesto! ¡Está mal! ¿Cómo me niego? Mi mamá me lo pidió, es como un favor para ella, ¿no?... Igual él no se da cuenta, ella ya lo tiene todo calculado… la excitación me pudo más, la sola idea es tan mala y al tiempo tan morbosa, que ni el agua fría me baja la verga dura. Se la voy a chupar a mi papá.

Las manos me sudan, el corazón se me sale del pecho, tengo ganas de gritar, pero no, debo respirar despacio, debo calmarme. Mi papá acaba de abrir la puerta, habla en la sala con mamá. Yo, yo estoy encerrado en el armario de su cuarto, está todo oscuro, pero lo escucho todo. Escucho los besos, las risas, mi papá pregunta por mí, pero mi mamá le dice que estoy donde mi novia (sí, claro). Los besos y las palabras morbosas suben por las escaleras y se dirigen a la habitación:

—¡Pero qué caliente estás Marta!, no te veía así hace años hace uffff—

—¡Aah!, sí, me vuelves loca, mmmmh! –dice ella- ¡Espera, quieto! Quiero que hoy hagamos algo diferente, te la voy a mamar.

—Sí corazón, sí, no sabes cuantas ganas tengo, mmmh, si…

—¡Esper… ¡Quieto!, pero son mis reglas: siempre que te veo mientras te la chupo, me haces sentir como una puta! Y además siempre haciendo fuerza con las manos, ¿Qué crees?! ¡Con esa cosa! Mi boca es chiquita… Te vendo los ojos y te amarro las manos!

—Pero mi amor..¿Por qué me haces est..?

—Pero nada, mis reglas y punto!

—Amor, si que estás rara, pero bueno, haz lo que quieras-consiente él- Pero rápido que estoy que me reviento.

Más besos, más jadeos, el sonido de la cremallera, la ropa cayendo en el piso… Parecía escuchar una peli porno, pero al otro lado de la puerta están mis padres. ¡Puta, qué arrecho estoy!

—Espera un momento cariño, quédate quieto un momento—oredena ella. Mi mamá encendió el stereo y puso música suave, para ambientar la escena y para cubrir mis pasos. Lentamente abrió la puerta. La vi con un dedo en sus labios, indicándome que no hiciera ruido, venía en ropa interior y bastante desarreglada. Salí despacio y entré en escena…

Lo que vi me dejó impactado, y al tiempo la erección hizo mucha más presión en mis pantalones. El aire estaba viciado, olía a sexo, olía a él. Mi víctima está completamente desnuda, con los ojos vendados y las manos atadas a la cama, su pecho velludo está salpicado por gotas de sudor, sus piernas dobladas y bien abiertas me dejan al descubierto el premio mayor. Aquella gran verga dura y palpitante, con su cabeza rosada y sus venas marcándose por todo el trono, en la base dos grandes pelotas envueltas en esa fina piel y rodeada de esa mata de pelos… ¡Era tan hermosa!






Mi mamá me guía mientras me subo en la cama y me acomodo entre las piernas de mi padre. Sí, esa verga ya la tengo a centímetros de distancia. Una gota aparece en su glande, como saludándome y lentamente se escurre, no la dejo caer, la atrapo con mi lengua. ¡Qué rico está el precum de papá! Mis labios envuelven su glande. ¡Oh, qué rico se siente! Y comienzo a chupar, como instintivamente, como si viviera de eso. El olor a macho inunda mi nariz, y su sabor salado me pone todavía más arrecho, siento que estoy teniendo un orgasmo, siento que tiemblo, pero no paro, sigo subiendo y bajando, es delicioso. Me la meto en la boca hasta que me atraganto, y luego me la meto un poco más, siento sus pelos en mis labios: es la recompensa por mi trabajo. Mi papá jadea como loco, y comienza a bufar.. ¡Sí! Mi padre es todo un toro, siento la mano de mamá en mi espalda, como calmándome, como diciendo que lo hago bien.

Me la saco de la boca, pero sólo para bajar y chupar esos huevos, están deliciosos, tan suaves, tan frágiles, y ese olor, y su sudor.

Aaaaaaahhhhhh, grito por dentro, y vuelvo a chupar su verga. Me la quiero comer toda y no quiero que se acabe. Mi padre se comienza a sacudir violentamente, se tensa y sus gemidos aumentan, ya viene el momento. Un grito seco, y siento los chorros de leche en mi garganta, uno tras otro, y yo, yo comienzo a tragar, como desesperado, que no se escape ni una gota. Mis hermanos y hermanas bajan por mi garganta.l. ¡La leche de papá! ¡Ese sabor amargo, salado! ¡Delicioso! Una última convulsión, papá intenta recuperar la respiración, y yo no quiero despegarme de mi biberón, pero un golecito de mamá en mi espalda me devuelve a la realidad. Suelto su pene con dolor, con tristeza. Dejo que salga de mi boca. Cuidadosamente, me devuelvo por el camino por donde vine: la oscuridad otra vez.



Afuera mis papás se besan y mi mamá recibe todo el crédito por mi trabajo. El toro es liberado y se folla a mi madre. Yo me masturbo en silencio, me corro con un grito ahogado en mis pantalones, y espero. Minutos más tarde mi mamá aparece nuevamente en la puerta del closet, me hace señas para que salga, mi papá se está duchando. Tengo pocos minutos para limpiarme, salir de casa y fingir que acabo de llegar. Saludo a mi mamá, y luego me encuentro con mi padre, ya vestido y arreglado, con una sonrisa de oreja a oreja me da un abrazo, como de padre a hijo. Hace mucho no lo veía tan contento. Salimos a comer a un restaurante caro celebrando su visita. Toda la noche finjo ser inocente de lo que pasó. Mi secuaz, mi mamá me pica el ojo en complicidad. Lo hicimos, lo engañamos.

Esa noche intenté dormir, pero no pude, la presión en el pecho no se iba. Los sentimientos encontrados y la verga dura. Las semanas pasaron y cada vez se hizo más sencillo, mamá y yo nos reíamos cuando recordábamos la rutina: mi escondite, las vendas, la mamada silenciosa y de vuelta a mi escondite. Papá era una presa fácil.

La culpa y el miedo fueron desapareciendo, y fue puro morbo, pura complicidad, pura emoción. Yo satisfecho, mi papá súper satisfecho, y mamá, bueno, su boca estaba muy pulcra. Pero llegó diciembre, y las cosas, bueno, se pusieron más calientes…

¿Fin?

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